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«La empresa de tratar de escribir novelas apócrifas, que me imagino escritas por un autor que no soy yo y que no existe, la llevé a sus últimas consecuencias en este libro. Es una novela sobre el placer de leer novelas; el protagonista es el lector, que empieza diez veces a leer un libro que por vicisitudes ajenas a su voluntad no consigue acabar. Tuve que escribir, pues, el inicio de diez novelas de autores imaginarios, todos en cierto modo distintos de mí y distintos entre sí: una novela toda sospechas y sensaciones confusas; una toda sensaciones corpóreas y sanguíneas; una introspectiva y simbólica; una revolucionaria existencial; una cínico-brutal; una de manías obsesivas; una lógica y geométrica; una erótico-perversa; una telúrico-primordial; una apocalíptica alegórica. Más que identificarme con el autor de cada una de las diez novelas, traté de identificarme con el lector...» (Italo Calvino)
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La ficha fue creada el 18/09/2008 por
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artic,
19 de Septiembre de 2009, Puntuación: 8
EL DESEO DE LEER
Durante la lectura de la novela de Calvino he pasado de las espectativas iniciales (por la introducción sugestiva que empuja a la lectura del libro, la presentación del Lector como personaje, la intriga por la continuación de las historias inconclusas o identificación con el Lector en los encuentros con la Lectora) a una ligera decepción. Esta última a causa del descubrimiento rápido del hecho de que los sucesivos fragmentos de novelas son sólo esbozos, no encajan en una historia coherente, y que aunque sí muestran personajes con historias o rasgos paralelos, no llegan nunca a cuajar y son sólo sugestivos inicios de modelos de novelas (espionaje, cuentos orientales, metaliteratura, aventuras...) que circulan alrededor del tema del plagio, la repetición y el uso y abuso cultural y político de la literatura, en escenarios que son a la vez plagios de la realidad, en países ficticios que sintetizan de forma manierista estados reales.
A pesar de todo he continuado leyendo a la espera de que al final de la novela los fragmentos encajaran (precisamente a la espera de lo mismo que busca el protagonista, el Lector), pero me he dado cuenta de que no iba a ser el caso.
Sin embargo en ese momento he decubierto precisamente el valor de la obra como representación del deseo de leer, o del mismo concepto del deseo: siempre insatisfecho, nos empuja a la búsqueda de más, a encontrar en las novelas restos de la novela perfecta, de nuestra novela, la que quisiéramos leer, escribir o vivir. Para ello Calvino muestra que se puede llegar sin analizar la literatura, preservando la inocencia de la lectura (como hace la Lectora) sin analizarla para sintetizarla en partes, trozos, medidas, para realizar lecturas sociales, políticas o culturales (como hace su hermana Lotaria). Ceder ante la fantasía de la lectura (una postura un tanto inocente pero verdadera) por no hacer uso político o erudito, ni utilizarla como copia, mercancía de libreros o agentes culturales desinteresados y utilitarios.
Este mercantilismo y el uso la literatura como instrumento, no como fin, enfrentan al Lector a la nada (ya que todo es falso, nada de lo previsto de cumple, todos los fragmentos no continúan), pero también a darse cuenta que en las lecturas parciales de fragmentos inconexos se acaba encontrando uno irremisiblemente a uno mismo en la búsqueda infinita de su deseo (que en el caso del lector se materializa en el amor por Ludmilla, la Lectora). Un deseo que si no se consuma nunca se limita a la repetición, a la copia, en la que el Lector lo que hace es no enfrentarse a la verdad de lo ideal, encarnado en la mujer que para incrementar el deseo de tenerla tiene que permanecer esquiva, lejana, como en el amor cortés (se desea pero no se tiene, ya que si se tiene pierde su magia). Sin embargo, al final el Lector acaba comprendiendo que quedarse anclado en la queja por la repetición es un error, que las diversas lecturas configuran la lectura de uno mismo: uno está hecho de retales, pero que buscan un sentido, como los diversos títulos de los fragmentos que configuran al final una historia coherente, pero que es sólo un inicio, un comienzo.
Desear es lo primero y no temer a que se cumplan los deseos es lo segundo, por ello, aunque al final Lector y Lectora acaban juntos (que es al fin y al cabo lo que persigue el Lector y lo que le corroboran sus lecturas), continúan leyendo, el deseo de leer no se acaba a pesar de que el anhelo que mostraban los fragmentos de las lecturas anteriores ya se ha cumplido.
ATENCIÓN, esta opinión contiene
spoiler.
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