CASA DE MUÑECAS

  • Título original: Et Dukkehjem
  • Año de publicación: 1879

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7 de 10

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Sinopsis y resumen de CASA DE MUÑECAS

«Desde su estreno en 1880, CASA DE MUÑECAS despertó una encendida y apasionante polémica que se ha mantenido hasta nuestros días. El final de la obra, que produjo un escándalo social, fue uno de los motivos. Pero no el único. La búsqueda de identidad de Nora, una mujer que deja transcurrir su vida en el apacible clima hogareño hasta que un episodio transforma radicalmente su existencia, fue el otro. El excepcional dramaturgo Henrik Ibsen (1828-1906) tuvo una influencia decisiva en el teatro europeo gracias a la rigurosidad de su diálogos y la dura trama de sus obras, que, en todos los casos, puso a la luz su profunda rebelión moral.»

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nikkus2008 03/04/13 a las 7:23am

NORA, LA ANTI-MÁRTIR, SUPERFICIAL HEROÍNA DE LA TIBIA MODERNIDAD

Terminé “Casa de muñecas” ayer; me gustó algo, pero esperaba mucho más: y creo que me si me gustó ha sido más por las sensaciones que me provocó que por su calidad literaria (posiblemente sea este un síntoma de calidad) y profundidad psicológicas y hasta filosóficas que contiene. Creo que la sencillez de los diálogos, que es de agradecer, es de algún modo compatible con la casi inexplicable y facilista (disculpen si no existe el término) resolución del final, el cual me pareció un poco forzado y hasta como apurado. Me explico mejor. Creo que Ibsen tenía una idea formada, bien moldeada sobre la situación innegable que las mujeres padecieron durante casi toda la historia, salvo por los últimos años, donde las cosas comenzaron a cambiar bastante, aunque no todavía lo suficiente. Sin embargo, ese pensamiento (defendible desde ya, y que comparto totalmente) lo llevó a escribir una obra no totalmente sincera, y que peca, desde mi punto de vista, de ser excesivamente sectaria, tendenciosa y tremendamente proselitista. Ibsen comete el mismo error que critica, en el fondo. Recuerdo, por ejemplo, la parte que Nora juega con los niños, y se esconde debajo de la mesa, y (y me da cierto dolor, como si esta historia hubiera sido cierta -posiblemente lo sea, lo haya sido, con otros nombres, en distintas partes del mundo) el grito de júbilo de los chicos cuando la madre sale de su escondite y la descubren, andando como un gato, para asustarlos y divertirlos; y es que me parece que la libertad, la independencia nada tiene que ver con el abandono de las únicos seres que no la traicionaron, (el egoísmo de Helmer es producto de una teórica superioridad del hombre sobre la mujer, teoría aprendida desde hace siglos), y que son los pequeños y encantadores hijos de Nora. Hasta se podría interpretar como que Nora (del mismo modo que el marido mientras su esposa obedecía a sus órdenes, expuestas y escondidas casi siempre bajo una máscara dulce y mediante palabras tiernas, siendo más reconvenciones que órdenes, se descubre como un ser enceguecido por salvar su propio prestigio, y nada más) estuvo, a su vez, utilizando una doble cara, aunque de manera inconsciente, es decir, la de la esposa sumisa, la de la muñeca dócil de su marido, como lo fue en su momento de su padre, por un lado y la de la mujer con ansias de liberarse de las cargas impuestas, milenariamente, por la sociedad, la religión, por el otro. Lo cuál me supone una suerte de excusa de Nora. Es decir, que en el fondo, y así como el marido, ciego ante los esfuerzos de Nora, ciego a causa de su estupidez, de su cobardía e ignorancia, esperaba el momento apropiado para abandonar una vida que en el fondo (como dijo al final, reconociendo que nunca había sido feliz) no la satisfizo jamás. Espero que se entienda lo que para mi ha sido un punto flojo. Ibsen madura una idea. Luego, para poder volcar esa idea al papel, crea una historia, sencilla, para justificar sus pensamientos y elaborar su defensa. Ahora bien, dicha defensa, carece de profundidad a la hora de ser expuesta. El origen de la misma, el fin, es admirable, no así la forma, no los argumentos. ¿Qué gana una mujer abandonando a su marido y fundamentalmente a sus hijos, cuando estos (sus ángeles, como los llama frecuentemente) ningún dolor le infligieron? ¿No se puede ver, contrariamente a lo que hubiera querido Ibsen, que Nora, al realizar los esfuerzos a espaldas de su marido, no era sincera y que lo hacía no por amor o por cariño siquiera, sino por adjudicarse un laurel, un triunfo, más para sentirse útil, dentro de un sistema plano, de una vida que transcurre a media temperatura, plácida y cálida, relativamente confortable, sin excesos ni lujurias, pero sin demasiados apuros, sin notables miserias y aflicciones?. Creo que entiendo la defensa que Ibsen quiso realizar. No comparto los argumentos. Creo que el final, es decir la frialdad repentina de Nora, es mentiroso y muy ficticio y poco creíble. Y es que hasta para las decepciones se necesita madurar la pasión, el sentimiento, hasta que se fortalezca, hasta que se endurezca y se solidifique, hasta que se haga carne, hasta que se templen los nervios y fluya la sangre caliente por sus venas, ahí recién se puede tomar tan dramática decisión; Ibsen hace a Nora una persona voluble. En unos pocos minutos, decide abandonar a sus pequeños hijos, con quiénes el día anterior jugaba y a quiénes amaba, en aras de su independencia. Creo, más bien, que esa fue la intención escondida en su insatisfecha, en el fondo fría, e inútil vida y que dicha determinación no fue tomada por el planteo estúpido y corto y tremendamente egoísta y trivial de Helmer, sino por un deseo oculto detrás del bonito juego de “la familia feliz” de soltarse, de quemar las cuerdas que la sujetaban a las convenciones que la ahogaban, sin darse cuenta, mientras la comedia no se trocaba en drama. Y conste que no hablo de Helmer, porque es el prototipo del idiota miserable, que se cree un ser dominante, y nada domina en realidad. Prefiero, por esto, enfocarme en Nora, que es la heroína de la obra. Vamos a invertir el asunto. Claro que alguien podría decirme que no es justo invertir la historia, porque no hubo hombres cuestionados en sus actos, abrumados por la lupa de la sociedad moralista, a lo largo de la historia. Pero quisiera saber, si alguien define a un hombre como tal, cuando abandona a sus hijos, vamos a suponer por alguna gran decepción ocasionada por su esposa (como una excusa). Todos los días, mujeres con hijos, muchas veces solteras, tienen que trabajar por ellas y por sus pequeños, cuando los padres ausentes no parecieran existir, ni afectivamente con sus hijos, ni económicamente con ambas partes. Yo los llamo idiotas, y malparidos. No son hombres. Son miserables. Y ellas SI son heroínas. Fácilmente podrían hacer “la gran Nora” y abandonarlo todo en lugar de compensar las faltas de sus maridos o parejas, para realmente ser seres sacrificados, donde priman los sentimientos hacia sus propios hijos, en lugar de sus frustraciones y sueños irrealizados. No me importa la razón; ya lo dijo Huxley: “Los métodos no justifican el fin, ya que los mismos determinan su naturaleza”. Nora emprende una secreta lucha por salvar la salud del hombre con quién hasta entonces era su adorado esposo (este tipo de acciones se hacen por amor y DESINTERESADAMENTE, y me parece que cuando uno hace algo que cree,”aunque sea en ese momento”, correcto, no debería estar al tanto de los aplausos y de las aprobaciones) pero luego pretende ser reconocida por dicha acción, cuando además de realizarla por él, debió hacerlo por los chicos, por “sus ángeles”. Y es que en realidad, Nora sigue siendo una esclava, pero esta vez de su orgullo y de su pedantería solapada: no ha sido recompensada en sus actos. Sigue siendo una muñeca, de ella misma. Sigue esperando una palmadita de aprobación, de su marido, de la sociedad, de alguien, de quien sea. Si lo vemos así, Nora no se liberó, o bien se liberó del estúpido de su marido, para seguir dependiendo de un mimo ajeno. Esto quiere decir que no hubiera habido historia si nunca se hubiera descubierto la carta, ya que al mismo tiempo el esposo no se hubiera demostrado como un ser vil, egoísta y superficial y Nora jamás se hubiese dado cuenta del tipo de hombre que tenía a su lado. Una acción justa no debería requerir una felicitación, ya que eso le quitaría toda pureza, todo lo GENUINO y diáfano de la misma. Nora no es para mi un ejemplo, ni una mártir, ni nada. Dejó a sus hijos, para comer almendras y respirar aire fresco, para sacar la cabeza fuera del agua un momento; esperando por el milagro que nunca llegaría, porque el deseo más sincero de Nora, fue siempre el de vivir livianamente, sin preocupaciones y la única vez (según la historia que nos presenta Ibsen, que nada dice del pasado de Nora, de alguna anterior muestra de madurez o de esfuerzos y sacrificios) que hizo algo por otro (su marido y sus hijos), buscó, POR MAS QUE NO LO HAYA RECONOCIDO, UNA FIESTA, UNA APROBACION. ...En cambio, se ven (si se quiere ver), calladamente, dulces heroínas confundidas entre las sombras de las ciudades, sufrientes, adorables, engañadas, solitarias, heridas, pero dispuestas a realizar SIN RECIBO a cambio, de sus hijos, todos los sacrificios que los hijos de puta de los padres no hacen. A esas madres (y a los buenos padres también, que los hay muchos, como lo fue mío y a mi madre mucho más que una Nora cómoda de fáciles y simplistas resoluciones) abnegadas, luchadoras, y verdaderamente independientes les dedico mis plegarias, mis bendiciones y les confieso mi más profunda admiración y les otorgo humildemente, la verdadera corona, de mujeres independientes, fuertes y maravillosas...

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