Empecé a leer el libro con grandes reservas sobre todo porque no puedo con el realismo mágico… Que alguien te esté contando una historia dura, (¿se puede contar una historia más o menos realista ambientada en la latinoamérica de los S. XIX – XX y que no sea dura dada toda su tradición de tiranos, dictadores y explotadores, bien foráneos, bien autóctonos?), y que de repente aparezca el espíritu de la tatarabuela a cocinarle unas gachas al protagonista y a arreglarle una cita con su amor de siempre, suele ser un paso al abismo las más de las veces. Vamos que, al menos a mí, siempre me da la impresión de que el autor está de coña, riéndose del tonto que ha conseguido engañar, (es decir yo), para que se lea su libro.nPero en este caso, al menos a mí, me ha parecido lo contrario. El relato comienza y se desarrolla siempre como un "cuentito" sobre esa disparatada familia de los Buendía donde cualquier cosa, incluso el realismo mágico encaja perfectamente en su estructura de leyenducha sin pretensiones.nY de repente debajo de esa cáscara superficial empiezan a surgir temas durísimos, perfectamente engarzados, fundamentalmente sobre la antes mencionada historia de dominación de latinoamérica, en muchos, (en demasiados), casos fomentada por la propia desidia de los latinoamericanos.nPor tanto solo puedo decir una cosa: BRUTAL. Y como muestra dos botones que espero que no destripen el libro:n+ El tren de los 200 vagones.n+ Que al "cruel" coronel Aureliano Buendía su perdición le vendría por la boca.
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