ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

  • Título original: Also sprach Zarathustra: Ein Buch für Alle und Keinen
  • Año de publicación: 1884

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Sinopsis y resumen ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

«Por mucho que se consulten cifras de ventas, estadísticas o testimonios históricos, difícil será encontrar en la historia de la filosofía un libro que haya adquirido tanta fama y popularidad como ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA de Friederich Nietzsche. Es una de esas obras universales, tan escasas en número, que han trascendido disciplinas, géneros, fronteras e idiomas, y que han llegado a formar parte de eso que se llama confusamente cultura general. Su profunda influencia en el ámbito cultural europeo, indica que una investigación consecuente de su impacto en las distintas naciones de nuestro continente, tiene que convertirse necesariamente en una historia de la cultura europea del siglo XX. Con esta obra Nietzsche abandonó el proyecto de una Nueva Ilustración y apostó por una superación del nihilismo con la ayuda de tres conceptos fundamentales: la voluntad de poder, el superhombre y el eterno retorno. Para expresar esta superación Nietzsche experimentó con una nueva forma que consistía en una dramatización de la filosofía.»

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UNO DE LOS MEJORES LIBROS DE LA HISTORIA; ASÍ DE SIMPLE.

Hace unos quince años, un amigo me prestó un libro de nombre extraño. No se trataba de un libro de versos, ni de relatos, ni de una novela. Las primeras palabras me llamaron la atención, pero más allá de esta incipiente curiosidad, nada pude, en aquel momento y bajo la atenta mirada, expectante de mi amigo, decir al respecto. Me llevé el libro a mi casa, y lo leí hasta donde pude; luego de un par de semanas, me lo pidió o se lo devolví, ya no recuerdo. La cosa es que no había llegado ni a la mitad. Dentro de esa mitad leída, un poco a las apuradas, sólo pude comprender o descifrar algunos párrafos, que me habían impresionado de una manera inusitada. Pero todo llega y todo tiene su tiempo y su hora justa. Tres años después, trabajando en un puesto de flores plantado en plena vereda, sobre la avenida Cabildo (una de las avenidas más ruidosas y transitadas de la Capital de Buenos Aires) compré, con la mísera suma que cobraba por día, un ejemplar usado de la editorial Rueda de "Así habló Zaratustra" de Friedrich Nietzsche. Por cuestiones personales, o tal vez debiera decir, en un momento de debilidad emocional, este libro "cayó" en mis manos en el momento en que más precisaba de sus palabras mágicas y tremendamente corrosivas, que actuaron como un tónico furioso y cuyas palabras y cuya música aun resuenan en mi alma y en mi corazón. Desde el principio, hasta el final, espléndido y sabio, este libro me ha deparado los momentos más emotivos de mi vida. ¿Y como, se preguntarán, podría ocurrir esto con un escritor como Nietzsche, cuyos mensajes ardientes queman el cerebro y el veneno que destilan por momentos sus ideas podrían contaminar la mente más sana?; pues porque es lo que necesitaba en ese momento y nada más. Sí, algo más en verdad, y fundamental además: pude apreciar también la dulzura de su poesía, la prosa exquisita, intensa, profunda, que se pega como miel en nuestra memoria. Aparte de ser este libro el mejor exponente de un genial analista de la psiquis humana, con todo sus laberintos infernales, sus patéticas y abyectas miserias, y sus estúpidas contradicciones, es un libro poético; ¿y donde más se puede conseguir algo semejante? ¿que obra contiene todo el orbe inmensurable del pensamiento vivo y puro? ¿en que otra obra, me pregunto, la filosofía, la psicología y la poesía pueden convivir tan armoniosamente como en el Zaratustra de Nietzsche?; yo respondo: en ninguna. Las palabras de Zaratustra son como una patada en el estómago, como un brutal golpe en la mandíbula, son un despertar, un tónico, un veneno, un éxtasis, son como un grupo de rosas perfumadas sobre un cuenco de agua cristalina, frescas y tiernas como una manzana jugosa, duras como el hueso de una fruta; hiere y cura a la vez, aterra y emociona a un tiempo. ¡¡Que hable en mi lugar el mismo Zaratustra y levante el ánimo de los caídos, de los tristes, de los vencidos!!: "¿Tenéis valor hermanos? ¿Sois intrépidos? ¿No el valor de vivir ante testigos, sino un valor de lobo solitario y águila al que ni aún un dios mira ya? Yo no llamo intrépidos a las almas frías, las mulas, los ciegos ni a los ebrios. Sólo puede ser intrépido quien conoce el miedo, pero lo supera; quien ve el abismo, pero con orgullo. Quien ve el abismo, pero con ojos de águila; quien con garras de águila agarra el abismo – ése tiene valor". "¡Si aspiráis a las alturas, usad vuestras propias piernas!¡No os dejéis llevar arriba; no os encaraméis en hombros y cabezas ajenos! ¿Has montado a caballo? ¿Subes a caballo briosamente a tu meta? ¡Muy bien amigo mío! ¡Pero ha montado también tu pie cojo! Cuando hayas llegado a tu meta y desmontes, justamente en tu altura, hombre superior, - ¡darás traspiés!" "Haced como el viento cuando se precipita desde sus cavernas de la montaña: quiere bailar al son de su propio silbar, los mares tiemblan y dan saltos bajo sus pasos. El que proporciona alas a los asnos, el que ordeña a las leonas, ¡bendito sea ese buen espíritu indómito, que viene cual viento tempestuoso para todo hoy y toda plebe, - - que es enemigo de las cabezas espinosas y cavilosas, y de todas las mustias hojas y yerbajos: alabado sea ese salvaje, bueno, libre espíritu de tempestad, que baila sobre las ciénagas y las tribulaciones como si fueran prados! El que odia los tísicos perros plebeyos y toda cría sombría y malograda: ¡bendito sea ese espíritu de todos los espíritus libres, la tormenta que ríe, que sopla polvo a los ojos de todos los pesimistas, purulentos! Vosotros hombres superiores, esto es lo peor de vosotros: ninguno habéis aprendido a bailar como hay que bailar - ¡a bailar por encima de vosotros mismos! ¡Qué importa que os hayáis malogrado! ¡Cuántas cosas son posibles aún! ¡Aprended, pues, a reíros de vosotros sin preocuparos de vosotros! Levantad vuestros corazones, vosotros buenos bailarines, ¡arriba!, ¡más arriba! ¡Y no me olvidéis tampoco el buen reír! Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprend - ¡a reír!" En aquellas tórridas noches de verano, con el corazón retorcido por un amor equivocado, entre el perfume mareante de nardos, jazmines, azucenas y liliums de hojas encendidas como flamas anaranjadas, Nietzsche puso, en esos días de desesperación, un bálsamo en mi alma, creó un oasis donde proyectar mi alegría y olvidar el dolor; a él, a él y a Moliere, pero más que nada a él entonces le debo los momentos de luz y tranquilidad. Lloré en plena avenida, repleta de gente, con SU CORONA DE ROSAS Y SU BENDICIÓN DE LA RISA; lloré y no me importó; y luego reí...

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