Los cortejos del Diablo

Los cortejos del Diablo

  • ISBN: 8482804847
  • Título original: Los cortejos del Diablo
  • Año de publicación: 1970

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Sinopsis y resumen Los cortejos del Diablo

El tribunal de la Inquisición de Cartagena, Colombia, fue levantado en 1610 por Juan de Mañozca y Zamora, un hombre graduado en letras de la Universidad de México y antiguo bachiller de Salamanca, España. Tenía una cultura conformista, es decir, suficiente para reconocer lo que no oliera a cristiano, y quemarlo.

No era extraño que los inquisidores pasaran por una uni­versidad. Ya el humanista español Luis Vives había dado a entender que los odios de los ignorantes son inconsistentes, pero los de los sabios a medias, sólidos, tan sólidos como una pared sin ventanas. Sin luz de re­conciliación.

Mañozca detestaba el sopor caribeño que le hacía sudar las manos y borrar lo que había logrado escribir en sus pliegos de acusaciones. Como luego sería inquisidor en Lima y en México, había aceptado el cargo en Cartagena como escalafón, pero la pasó muy aburrido porque sólo pudo quemar a dos judíos, y en su persecución de brujas (mujeres inteligentes y sexualmente activas) no contaba con la ayuda de una población esencialmente africana, negra, comerciante. Cayó en la cuenta de que una Inquisición en pleno trópico no podía ser sino de­lirante, y no hizo mas que quejarse.

Muchos años después, magistralmen­te, Mañozca salió retratado en una de las mejores novelas colombianas del siglo XX, \"Los cortejos del diablo: balada en tiempos de brujas\" (1970), del gran Germán Espinosa (1938-2007). Ya sabemos que la imagi­nación a ratos arroja más datos fidedignos que la historia documental. Por­que
curiosamente Germán Espinosa imaginó cómo esos inquisidores de Cartagena azotan y flagelan cuánto pueden a Lorenzo Spinoza, un comer­ciante judío proveniente de Holanda. El reo Spinoza se cuelga del pescue­zo un letrero con la frase Deus sive natura, y los inquisidores se desesperan por sus explicaciones eruditas.

\"-¿Es una frase del talmud? -rugió Mañozga, quitándose el jubón de los hom­bros y arrojándolo lejos, como si se aprestara a librar una batalla, no contra el réprobo, sino contra la temperatura que parecía amazacotarse en aquella at­mósfera mefítica.

-No -dijo Lorenzo Spinoza [...] Digo que no es del talmud palestino ni del talmud babilónico.
-¿De cuál Talmud entonces, coño de tu bisabuela?
-Vosotros no comprenderéis jamás -porfió el judío con el cuerpo desmazalado bajo los azotes- el sentido del Deus sive natura. No adoráis a Dios por amor, sino por temor. Y acabaríais adorando al demonio si se os apareciera. Es inútil. No me sacaréis una palabra más. Decid pronto lo que queréis que no gasto mis argu­mentos ante tontos.\"

La ilustración a medias del inquisidor Mañozga -a medias también fue la de España y sus ex colonias- no ve otra cosa que no sean sectarismos. Nadie duda que ese inquisidor haya sido letrado (ese vago término que nutría de arrogancia a los hidalgos): pero es en esa pretensión intelectual donde des­cansa gran parte de la violencia del mundo hispánico. Hace falta en la prensa y en las universidades mucha heterodoxia: gente sin cadenas con ninguna secta o claustro o grupo económico, es decir, más brujas y brujos. De lo contrario, las cátedras universitarias y el periodismo y las columnas de opinión se parecerán mucho a la política, que sólo insiste en un solo aspecto de las cuestiones fingiendo ignorar todo lo demás.

Sebastián Pineda Buitrago

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