Fervor de Buenos Aires

Fervor de Buenos Aires

  • ISBN: 9500427060
  • Título original: Fervor de Buenos Aires
  • Año de publicación: 1923

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Sinopsis y resumen Fervor de Buenos Aires

PRÓLOGO
No he reescrito el libro. He mitigado sus excesos barrocos, he limado asperezas, he tachado sensiblerías y vaguedades y, en el decurso de esta labor a veces grata y otras veces incómoda, he sentido que aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente ¿qué significa esencialmente?- el señor que ahora se resigna o corrige. Somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas; los dos somos de Schopehauer, de Stevenson y de Whitman. Para mí, Fervor de Buenos Aires prefigura todo lo que haría después. Por lo que dejaba entrever, por lo que prometía de algún modo, lo aprobaron generosamente Enrique Díez-Canedo y Alfonso Reyes.
Como los de 1969, los jóvenes de 1923 eran tímidos. Temerosos de una íntima pobreza, trataban, como ahora, de escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas. Yo, por ejemplo, me propuse demasiados fines: remedar ciertas fealdades (que me gustaban) de Miguel de Unamuno, ser un escritor español del siglo XVII, ser Macedonio Fernández, descubir las metáforas que Lugones ya había descubierto, cantar un Buenos Aires de casas bajas y, hacia el poniente o hacia el sur, de quintas con verjas.
En aquel tiempo, buscaba atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.

J.L.B.

Buenos Aires, 18 de agosto de 1969.

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FERVOR POR BUENOS AIRES

Hay en este libro de versos, mucho encanto, esa cualidad fundamental que supera aun a la técnica o a la innovación. El virtuosismo vacío, en poesía, es igual que en la música: impide el pleno goce, y este es un pecado imperdonable a la hora de disfrutar un libro o una melodía. De nada me sirve a mi un poema que no puedo "sentir" o "entender", aunque esto último no impide, muchas veces, el disfrute. Alguien me podría decir que en la música uno no "comprende" los símbolos que la componen, que uno se limita a escuchar y a gozar de las notas (que misteriosamente juntas y encadenadas hacen tanto daño o dan tanta fuerza o alegría al espíritu). Muy bien, pues entonces, como digo, el mero alarde de ejecutar un instrumento con mucha rapidez no asegura el éxito. He leído algo de poesía, de épocas distintas y de distintos orígenes y culturas. A toda le encuentro su "gracia", su razón de existir; pero no tolero la arrogancia de ciertos poetas que creen que porque escriben "raro" o "difícil" están colaborando con la historia de la lietratura. Pocas son los versos que puedo rescatar de Artaud, por ejemplo. No lo "entiendo", pero esta falta de comprensión, me impide, EN ESTE CASO, disfrutar de lo escrito. Hubo casos, como cuando conocí a Charles Baudelaire, que tampoco comprendía demasiado "a que apuntaban" sus poemas: pero había algo allí, algo que se movía lenta pero pesadamente, algo que quemaba, que me hacía "agua a la boca". Y yo no sabía el porqué. Unos mese más tarde me compré "Las flores del mal" y su belleza me cegó con la luz y la velocidad de un relámpago. Su magia ya había plantado dentro de mí su inexorable semilla; y ya nunca más me abandonó.
Vuelvo a Borges. Que decir de poemas como "Las calles"; "El sur", "Un patio"; "Barrio reconquistado"; "Atardeceres"; "Campos atardecidos"; "Afterglow"; "La vuelta", Final de año" (excelente); "Carnicería", etc.

Dejo un par de "muestras gratis" para quiénes no han tenido el placer de conocerlo:

Final de año

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.


Afterglow

Siempre es conmovedor el ocaso
por indigente o charro que sea,
pero más conmovedor todavía
es aquel brillo desesperado y final
que herrumbra la llanura
cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,
esa alucinación que impone al espacio
el unánime miedo de la sombra
y que cesa de golpe
cuando notamos su falsía,
como cesan los sueños
cuando sabemos que soñamos.


El Sur

Desde uno de tus patios haber mirado
las antiguas estrellas,
desde el banco de
la sombra haber mirado
esas luces dispersas
que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
ni a ordenar en constelaciones,
haber sentido el círculo del agua
en el secreto aljibe,
el olor del jazmín y la madreselva,
el silencio del pájaro dormido,
el arco del zaguán, la humedad
-esas cosas, acaso, son el poema.

Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.


Carnicería

Más vil que un lupanar
la carnicería rubrica como una afrenta la calle.
Sobre el dintel
una ciega cabeza de vaca
preside el aquelarre
de carne charra y mármoles finales
con la remota majestad de un ídolo.

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