Cada hombre en su noche

Cada hombre en su noche

  • ISBN: B436891969

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Sinopsis y resumen Cada hombre en su noche

Una de las obras cumbre de Julien Greene. El autor es ya un clásico, uno de los novelistas más importantes del siglo XX. Considerada como una obra religiosa, católica, cristina, y su autor como uno de los escritores cristianos más importantes de todos los tiempos, la novela trasciende cualquier etiqueta y categoría. No deja indiferente, seas creyente o agnóstico, es humana y sobre todo es una obra maestra de la literatura.

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Un libro que deja huella

CADA HOMBRE EN SU NOCHE

EDITORIALPLAZA &JANÉS S.A. /COLECCIÓN RENO/ TÍTULO ORGINAL “CHAQUE HOMME DANS SA NUIT”. RADUCCIÓN DE J. FERRER ALEU. PORTADA DE R. COBOS-DEPÓSITO LEGAL B.43.689-1969/50 pesetas. BIBLIOTECA DE SLICTIK.

Cada libro llega a nosotros en el momento más adecuado, llama a nuestra puerta cuando más lo necesitamos -¿o es al contrario?- y se queda, con los ojos cerrados, esperando una señal por nuestra parte.

Los libros son una pequeña pócima, en la que el autor encierra un perfume, que lo quiera o no, huele a su propia vida. Por eso los libros no son objetos muertos, sino puentes escritos, por los que el lector puede pasar al encuentro de otras vidas.

Leí por primera vez “Cada hombre en su noche” a los dieciocho o diecinueve años. Ya conocía a Julien Green gracias a la lectura del libro de un belga, creo recordar, llamado Charles Moeller, y titulado “Literatura del siglo XX y cristianismo”. Lo encontré en la pequeña biblioteca que los frailes ponían a disposición de los futuros novicios en una pequeña sala de aquel colegio de Fuenterrabia-Ondarribia, cercano a Irún y a la frontera con Francia, donde transcurrieron tres años de mi vida, entre los quince y los dieciocho.

Aquel libro de Möeller me abrió nuevos horizontes, gracias a él oí hablar por primera vez de un tal Julien Greene, de Graham Greene, de Bernanos, de Henry James, de Maxence Van ders Meers y de bastantes escritores de gran altura, etiquetados por Möeller de “cristianos”, aunque si bien algunos de ellos se reconocen católicos, su obra va mucho más allá de sus creencias.

Por eso cuando me acerqué a mi librería habitual, dispuesto a gastarme la propinilla del mes -que mis padres daban al joven de dieciocho años para que se “divirtiera”, con gran sacrificio por su parte- en un libro de bolsillo (mi presupuesto no daba para rústica) y me di de bruces con una novela titulada “Cada hombre en su noche” mi corazón comenzó a latir aceleradamente. Efectivamente era de Julien Greene, un autor al que ansiaba echar el guante desde que leyera el excelente estudio del belga.

En la portada del libro, que aún conservo en mi biblioteca particular, aparece un dibujo de un joven a punto de subir una escalera. Su mirada se detiene en la estatua de una mujer que porta una antorcha en su mano derecha y cuyas curvas se disimulan bajo ropajes que la cubren de los pies a la cabeza. El dibujo no es muy bueno y además parece hecho a propósito para superar la ridícula censura de aquellos años de la dictadura franquista. En lugar de pintar la estatua desnuda (lo que hubiera estado más acorde con lo que se quería explicitar: la lujuria del protagonista) la cubre con una túnica que nos hace pensar en cómo el joven lujurioso puede sentirse atraído por ella.

En la solapa el burócrata de turno de la editorial escribe: “Cada hombre en su noche narra la historia de Wilfred Ingram, personaje que esconde tras una imagen de fe y de pureza, la búsqueda y la obsesión del placer”. Si no hubiera leído el ensayo de Möeller seguro que habría pensado en una especie de novela “porno” capaz de poner los dientes largos al jovencito de dieciocho años que yo era entonces.

Me aferré al libro como un buitre y pagué apresuradamente su importe. En mi recuerdo aparecía la cifra de 25 pesetas de entonces, aunque acabo de comprobar que en la solapa aparece el precio de venta al público: 50 pesetas. Debí salir como alma que lleva al diablo, no con el ansia de sumergirme en una novela repleta de lujuria desenfrenada, sino debido al exceso de emotividad que es uno de los defectos de mi carácter. Entonces era capaz de emocionarme hasta las lágrimas al encontrar entre mis manos un libro largamente ansiado.

Para un joven recién salido del férreo nido del colegio religioso, donde me estuve preparando para el sacerdocio, casi cualquier cosa podía ser objeto de mi pecaminosa lujuria, hasta el puritano dibujo de la portada del libro. A pesar de ser muy consciente de la calidad de la novela, también esperaba con cierto morbo encontrarme con escenas de sexo más o menos explícito.

Debí subir las escaleras de dos en dos y encerrarme en mi habitación (vivía con mis padres en un pisito de alquiler) donde me tumbaría en la cama, tal como estaba, disponiéndome a leer, pausada y concentradamente, la breve biografía de la solapa, las tres frases del burócrata sobre el contenido de la novela y el primer capítulo.

Seguro que luego cerré el libro y respiré con agitación, pensando en el gozo que me produciría su lectura durante la noche, que acostumbraba a pasar en vela, leyendo y escuchando en la radio al loco de la colina. Aún no había encontrado trabajo, a pesar de mis esfuerzos, y prefería aprovechar la noche, el mejor momento del día, leyendo, que madrugar (me levantaba a la hora de comer, a pesar de las protestas de mi madre).

Enseguida me identifiqué con el protagonista, un joven católico, por tradición familiar, aunque no practica una religión en la que no cree demasiado. Sin embargo aún tiene clavado en el subconsciente el concepto de pecado y de castigo. Carece de cultura y su obsesión son las mujeres, algo que dada su juventud y soltería no parece excesivamente “pecaminoso”.

Su vida es anodina, aburrida, no se diferencia mucho de la nuestra. Trabaja en la sección de perfumería de unos grandes almacenes y su jefe y sus compañeros de trabajo no son precisamente para tirar cohetes.

Julien Greene es una especie de narrador de género negro, eso sí, un tanto “sui géneris”, porque en sus historias apenas aparecen cadáveres y el suspense está menos en saber quién mató al fiambre de turno y sus motivos que en saber hasta dónde llevarán a los personajes sus emociones y pensamientos, su carácter.

Hace algún tiempo mi hija Sara (a quien había dejado leer un par de novelas cortas del autor, acuciado por su interés en conocer nuevos autores y ampliar sus horizontes de lectora compulsiva, como su papá) me comentó que las historias de Julien Green tenían un suspense “muy raro” (el género policiaco es uno de sus favoritos), aunque eso no impedía que le gustaran mucho.

Le expliqué mi teoría de que el auténtico suspense está más en saber a dónde nos conduce la vida y cómo se enfrentarán a ella los personajes de la novela que en conocer el nombre y los apellidos del supuesto asesino. Es más interesante conocer la vida íntima de un personaje que saber si fue el mayordomo quien mató al señor de la mansión.

Aquí Julien Green entronca con la magistral narrativa de Dostoyevski y se parece mucho a autores como Graham Greene o Bernanos. Entre la realidad exterior y la interior escoge la segunda, porque sabe que lo que realmente nos interesa es lo que sucede en el interior de nosotros mismos, el resto es puro divertimento que nos aleja de los auténticos problemas, irresolubles, que bullen en nuestra consciencias.

El hecho de que elija el mundo interno como el universo donde se desarrolla su narrativa no lo hace menos ameno y misterioso. Al contrario, gracias a su prosa magistral descubrimos que en realidad nuestros pensamientos y emociones son infinitamente más interesantes de lo que nunca nos atreveremos a pensar.

Sus personajes también se benefician de esta elección. Su solidez, su entidad, “su carne” brota de lo que ellos viven por dentro y no de lo que sucede a su alrededor. Para ello no necesita desvelar todos y cada uno de sus pensamientos y emociones, ni siquiera la totalidad de su vida pasada. Nos basta con un atisbo de lo que ocultan, de lo que han podido ser sus vidas, para que el interés y el suspense se intensifiquen.

Es sintomático, por ejemplo, que un personaje secundario, en cuanto a la extensión de páginas que ocupa en la novela, aunque no en cuanto a la importancia que tiene en la trama, esté tan bien construido y resulte tan interesante para el lector que muy bien se habría podido escribir una nueva novela con él de protagonista. Se trata de un extraño loco, cuya patología y las circunstancias que la provocaron permanecen en una adecuada semipenumbra. Su relación con el protagonista se produce de manera misteriosamente casual –aquí aparecen claramente las fuerzas del mal, en cuyo manejo Julien Green es un verdadero maestro- y desembocará en un sorprende e irreversible final.

Ya por entonces sentía una gran fascinación por este tipo de personajes, aunque durante la primera lectura de la novela estaba bien lejos de suponer que con el tiempo yo llegaría a ser un loco tan apasionante, para mí como autor, como lo era él. Curiosamente este personaje tiene el mismo nombre que el que da título a la novela de Henry Miller, “Max y los fagocitos blancos”. Los hubiera relacionado de inmediato a los dos si por entonces hubiera leído la novela de Miller, pero aún me restaban algunos años para hacerlo.

El tratamiento que hace J. Green del mal no puede ser más misterioso y sutil. Como en Bernanos el mal no está claramente definido, ni puede ser encarnado en un hombre concreto, permanece en el aire, como un tóxico invisible, envenenándolo todo y haciendo que las circunstancias más anodinas se acaben transformando en el frío rostro del destino, de un Satanás, tan invisible como omnipresente.

La novela me fascinó y es posible que la releyera una segunda vez, ya que la propina de mis padres rara vez me daba para comprarme una segunda novela antes de cobrar la próxima.

A lo largo de los años la he releído varias veces y siempre con la misma o parecida fascinación. Creo que dentro de la obra de Green ocupa un lugar destacado, aunque otras tal vez la superen en la concepción global de la historia y en ese ambiente de pesadilla que acaba por atemorizar al lector un poco sensible. “Cada hombre en su noche” es una novela para leer de un tirón, sumergidos en su ambiente como buceadores en aguas profundas. No se trata de una novela para católicos que crean en el pecado y en su correspondiente castigo, sino para lectores sensibles que haya

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