El año del verano que nunca llegó

El año del verano que nunca llegó

  • ISBN: 9788439730293
  • Título original: El año del verano que nunca llegó
  • Año de publicación: 2015

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Sinopsis y resumen El año del verano que nunca llegó

Algo hace pensar que esta maravillosa novela, como la criatura Frankenstein, no tuvo infancia, pero también que, como el vampiro, está fuera del tiempo...

En el verano de 1816, Lord Byron, John Polidori, Percy Bysshe Shelley y su esposa Mary Shelley coincidieron en la magnífica Villa Diodati, situada junto al Lago Leman. Las inclemencias del clima, provocadas por la catastrófica erupción volcánica de Tambora, en Indonesia, que cubrió el cielo de nubes de ceniza y de azufre, les impidieron abandonar la villa durante tres días, que fueron como una larga y tenebrosa noche. En este ambiente cargado de misterio y nerviosismo, entre relámpagos, terribles ráfagas de viento y los relatos del Phantasmagoriana leídos en voz alta bajo los fulgores fantásticos del fuego de la chimenea, se gestaron dos de los grandes mitos de la novela gótica: Frankenstein y el vampiro.

Esta historia ha sido para muchos autores motivo de búsquedas obsesivas y rebuscadas interpretaciones. En esta novela, William Ospina nos seduce con sus palabras y nos introduce en el mundo fantástico de esta inagotable historia para reflexionar sobre la coexistencia de lo sublime y lo monstruoso, lo siniestro como límite de lo bello y la necesidad del hombre de reinventarse en los mitos para darle sentido a la existencia.


El autor explica:
«Me sorprendió que la erupción de un volcán a mediados de 1815, en Indonesia, hubiera sido una de las causas eficientes del nacimiento en Occidente de la moderna leyenda del vampiro y de la pesadilla del ser viviente hecho con fragmentos de cadáveres. Sentí el extraño agrado de ver cómo se unían en una sola historia, que yo presentía vagamente, las vidas de Byron y Shelley con la catástrofe de una erupción volcánica en los mares del sur, con un tsunami en las costas de Bali, con esa nube de azufre y ceniza y cristales volcánicos que ennegreció el cielo de la península de Indochina y que los monzones se fueron llevando hacia el norte, desatando el cólera en la India y ahogando muchedumbres en las inundaciones del Yangtsé y del río Amarillo. Aquella historia unía cosas extremas, abarcaba medio mundo, conjugaba fenómenos geológicos y meteorológicos con hechos históricos, personajes literarios y criaturas fantásticas.»

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Demasiado autor

No, esto no es una novela. O al menos no lo que la mayoría de los lectores entiende por novela. Y no, tampoco compone el grueso de su contenido aquella reunión de poetas románticos de principios del XIX cuyo resultado más significativo fue el nacimiento literario del monstruo de Frankenstein y del vampiro. Estas son las dos principales mentiras de la promoción de este libro. Porque a medida que iba leyendo esta especie de libérrimo ensayo poético, de literario viaje iniciático en busca de un mito seminal, me fui tropezando una y otra vez con el autor, con su vida plena de viajes intercontinentales, de conferencias y encuentros literarios, con los paseos y charlas con sus amigos, con su erudición poética, con sus inquietudes y con sus obsesiones. Y la verdad es que yo no había venido a leer acerca de William Ospina.

Yo quería leer --como así me habían prometido-- sobre Mary (Wollstonecraft) Shelley, John William Polidori y la gestación de sus dos monstruos míticos; sobre Lord Byron, Percy Shelley y su capacidad de convocar en la noche a las musas y a los fantasmas; sobre la reunión que estos y otros amigos celebraron en el verano de 1816 en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán de Ginebra. Es cierto que en este libro se habla de todo ello, de los poetas, de sus amantes, de sus pasiones, de sus árboles genealógicos e incluso de cómo aquella reunión alrededor de la literatura de terror pudo haber marcado la vida de algunos de sus vástagos. Sí, se habla de ello y de otras cosas fascinantes alrededor de estas personas, pero todo junto no ocupa ni la mitad del libro.

He vivido la misma sensación que tienes cuando te encuentras en tu butaca de cine, ansioso ante los primeros fotogramas de la película que tanto deseas ver y entonces se sienta delante de ti una voluminosa persona. Sí, allí detrás está la película, tan encandiladora, tan divertida y rica en matices, tan llena de misteriosas sugerencias, tal como esperabas, tal como todo el mundo te había dicho, pero la molesta cabezota del tío de delante se interfiere continuamente en tu disfrute.

¿Por qué el autor, supuesto novelista, decide que el descubrimiento de un dato sorprendente sobre los poetas o el hallazgo de la relación lejana entre dos artistas de la época, que se cuenta en el libro en apenas dos párrafos breves, merecen hasta cuatro páginas de intrascendencias sobre su viaje a Paris, Quito, Roma o Buenos Aires? ¿Qué nos importa a nosotros su vagabundeo por las calles de estas ciudades, su nostalgia de viajes anteriores o su resfriado?

Se nota que William Ospina es más poeta que novelista. Continuamente ensarta párrafos muy literarios llenos de bellas imágenes, a veces intentando matizar sentimientos o sugerencias con diferentes palabras y expresiones, pero que demoran innecesariamente el avance de la supuesta investigación sobre el tema de fondo. Una morosidad que acaba cargando al lector interesado en ese tema que se ha presentado de manera muy sugerente al principio del libro. Y no contento con regodearse en sus sentimientos líricos y sus viajes profesionales a lo largo de casi trescientas páginas, se atreve a añadir hasta dos epílogos para repetir lo que prácticamente ya ha sido dicho.

La lectura de este libro ha supuesto para mi un errático, azaroso y sufrido viaje literario alrededor de la reunión de poetas que dio a luz a Frankenstein y al vampiro, pero un viaje que transcurre por una periferia demasiado alejada del centro. ¿Por qué no dejé de leer el libro en la decena larga de impulsos que me invitaron a ello? Seguí leyendo por la autopromesa de un final sublime que nunca llegó. Una pretendida novela debe tener capacidades de seducción mucho más sólidas que la mera promesa de un destino atractivo. La literatura no es la vida, porque la vida, frecuentemente, es tremendamente aburrida.

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